Blas Jesús Muñoz
Cuando las campanitas comenzaron a tintinear al regreso de la Virgen a su santuario, su día, el de la Natividad de María acariciaba a su barrio con el aura que la patrona desprendía desde su paso.
Con la medida exacta en el caminar que este año le ha marcado la cuadrilla de costaleros que dirigía Federico Jiménez, Nuestra Señora de la Fuensanta regresaba de la Catedral en procesión triunfal a su oratorio para dejar patente que, aunque no siempre fue así, la suma de esfuerzos cuando nada era tan fácil nos ha dejado dos días en que disfrutar de la patrona por las calles de la ciudad.

Primero traslado, después procesión, y ahora vendrán las misas, la novena, el final de la Velá y, en definitiva, el acierto de recuperar (o al menos intentarlo) una tradición que nos define como pueblo, como ciudad.
Una cuestión que algunos comprendieron en su momento que era identitaria y que ha de servir para comprendernos, a través de la historia que cada año se renueva en la bendición del agua del pocito, al paso de la Virgen que es patrona y que es la ciudad encarnada en su rostro, en los siglos de devoción.
Y, entre tanto, como señalábamos la cuadrilla capitaneada por Federico Jiménez portó a la Virgen con delicadeza, al son exquisito de cada pieza que interpreta la Banda del Maestro Tejera, que hace de la procesión la triunfal sinfonía de los días.
Otros sones, los de la Banda de Cornetas y Tambores Caído y Fuensanta abrían un cortejo nutrido a base de hermandades que, como hace tres meses en el Corpus, están ahí siempre que la ocasión lo requiere.
Cuando las campanitas comenzaron a tintinear al regreso de la Virgen a su santuario, su día, el de la Natividad de María acariciaba a su barrio con el aura que la patrona desprendía desde su paso. Cuando la Virgen salió a Córdoba y la ciudad se rindió ante ella, la crónica de la piedad popular de la urbe escribió una página más de su historia.




