
J.A.S.B.
Un cofrade debe ser un cristiano ejemplar porque no basta con saber distinguir entre terciopelo, damasco y brocado si después no se distingue entre paciencia y mal genio. La túnica puede ir perfectamente planchada, el capirote recto como una vela y la medalla reluciente, pero la verdadera estación de penitencia empieza cuando toca perdonar, ayudar y servir sin buscar protagonismo.
Ser cofrade no consiste solo en saber cuándo entra la marcha, cuándo se levanta el paso o cuántos minutos lleva el palio en la revirá. También consiste en vivir la fe con alegría, humildad y coherencia. Porque una cosa está clara: el incienso perfuma mucho, pero la caridad perfuma más.
El cofrade ejemplar no solo se reconoce por cómo se coloca la papeleta de sitio, sino por cómo trata a los demás cuando nadie lo está mirando. Puede conocer todos los estrenos, todos los horarios y todos los itinerarios, pero si no practica la caridad, la humildad y el respeto, la procesión se queda a medio camino.
Un cristiano ejemplar entiende que la hermandad no termina al cerrarse la puerta del templo. Continúa en la familia, en el trabajo, en la calle y en cada gesto cotidiano. Porque llevar una medalla al cuello tiene sentido cuando también se lleva el Evangelio en la vida.
Un cofrade debe ser un cristiano ejemplar porque no hay cirio lo bastante grande para alumbrar una vida sin fe, ni costal lo bastante fuerte para cargar con una conciencia despistada. La Semana Santa emociona, conmueve y llena las calles, pero también recuerda algo importante: la fe no se guarda en una vitrina junto a las potencias, los llamadores y las fotografías antiguas.
La fe se vive cada día, incluso cuando no suena una marcha, no huele a incienso y no hay nadie haciendo fotos. El buen cofrade no busca aplausos, busca servir. No presume de sitio, ofrece ayuda. No compite por estar más cerca del paso, procura estar más cerca de Cristo.
Ser cofrade ejemplar no significa saber discutir durante media hora si una marcha pega más en Campana o en la entrada. Significa vivir con coherencia aquello que se celebra. La devoción no se mide por la cantidad de estampas guardadas, sino por la capacidad de amar, perdonar y acompañar.
Un cofrade cristiano entiende que la túnica no es un disfraz de primavera, sino un compromiso. La medalla no es un adorno, sino un recordatorio. La hermandad no es un club, sino una familia de fe. Y aunque el capirote pueda torcerse, el corazón conviene llevarlo siempre bien orientado.
La mejor chicotá no es la más larga, sino la que se da en la vida diaria con paciencia, humildad y amor. De poco sirve emocionarse al ver salir al Señor si después cuesta reconocerlo en quien necesita ayuda. De poco sirve cantar una salve con lágrimas si falta misericordia en las palabras. De poco sirve esperar todo el año la procesión si la fe se queda solo en el calendario.
La verdadera hermandad se demuestra en la caridad, en el respeto, en el servicio y en la alegría de vivir como cristiano. Porque el mejor estreno de cada año siempre será un corazón más limpio.