Nuestro Señor Resucitado y el abrazo de su Madre, María Santísima Reina de Nuestra Alegría
Pepe Soler
He asistido la la conferencia de D. Antonio Romero, sobre el abrazo del Señor Resucitado a su Madre dentro del ciclo de la Hermandad del Resucitado de Córdoba, y no sólo fue una charla, sino que se trató de una exposición con gran profundidad teológica y humana extraordinaria. Deseo destacar la delicadeza y el rigor con los que se abordó este misterio, ofreciendo una visión que me resultó profundamente conmovedora y enriquecedora para la fe.


El encuentro entre María y su Hijo resucitado no está registrado en la brevedad de las Escrituras, pero habita desde siempre en la memoria contemplativa de la tradición y en el corazón de la fe. Tras el silencio atronador del Sábado Santo, la oscuridad de la noche comienza a ceder ante los primeros destellos del alba. En la humilde estancia donde la Madre vela, la penumbra no es desesperación, sino una espera henchida de certeza: el Amor no podía quedar sepultado.
De pronto, la luz irrumpe. No es el resplandor violento del relámpago, sino una claridad cálida, serena y viva que llena cada rincón del espacio. Y en medio de esa luz, de pie, está Él. Ya no porta las vestiduras ajadas de la Pasión ni el rictus del dolor agonizante; viste la gloria de la vida imperecedera. Sus llagas, antes heridas abiertas y sangrantes, son ahora sellos de luz, testimonios luminosos de un amor que venció a la muerte.
María levanta la mirada. En sus ojos, cansados por las lágrimas y la vigilia, se refleja la imagen de su Señor, de su Niño, de su Dios. Ninguna palabra pronunciada en lengua humana podría abarcar la plenitud de ese instante. Sobran los discursos; el misterio se dice en el silencio de las almas que se reconocen.
Y entonces se produce el abrazo.
Es el encuentro de dos abismos: la fidelidad inconmovible de la Madre y la victoria definitiva del Hijo. María extiende sus manos y rodea los hombros de Jesús. Al ceñir su cuerpo resucitado, siente el latido firme y glorioso de un corazón que vuelve a pulsar, esta vez para siempre. Es el mismo cuerpo que alimentó en su seno, el mismo que estrechó al nacer en el pesebre de Belén y el mismo que, yerto y desangrado, sostuvo al pie de la Cruz antes de entregarlo a la tierra. Pero ahora, la frialdad de la muerte ha sido engullida por un calor divino.
Jesús apoya su rostro junto al de su Madre. En ese contacto sagrado, las cicatrices de la espada que traspasó el alma de María se transforman en consuelo infinito, Consolación antes que Alegría. Cada lágrima derramada en la Vía Dolorosa encuentra en este abrazo su sentido pleno. El Hijo abraza a la Madre para decirle que la promesa se ha cumplido, que el dolor no tuvo la última palabra y que la creación entera ha sido restaurada. La Madre abraza al Hijo descansando en la certeza de que el Amor ha triunfado.
En este abrazo no solo se cruzan dos miradas y dos vidas; en él la humanidad entera es abrazada y redimida. Es el suspiro de alivio de la tierra, la fiesta del cielo y el triunfo de la esperanza. María, que esperó contra toda esperanza, se convierte en la primera testigo de la luz de la Resurrección, no con palabras, sino con la entrega callada de un amor que ya nunca más tendrá que despedirse.
