
Redacción
Las cofradías y hermandades de nuestra tierra son algo así como la versión eclesiástica de una gran familia: todos se quieren, todos discuten y, de vez en cuando, alguien se aferra al sillón como si fuera el trono de San Pedro. No son clubes sociales ni asociaciones de vecinos con incienso, sino instituciones venerables que llevan siglos cuidando la fe, el patrimonio y la caridad. Pero claro, tanta devoción también necesita un poco de aire fresco, porque si los cargos se eternizan, la hermandad corre el riesgo de parecer más una monarquía que una comunidad cristiana.
Últimamente, el gran debate cofrade no gira en torno al color de las túnicas ni al orden de la procesión, sino a algo mucho más terrenal: cuánto tiempo puede durar un Hermano Mayor en el poder antes de que empiece a creerse Papa. Ocho años, dicen los estatutos, que ya es bastante. Pero siempre hay quien, al llegar al final del segundo mandato, siente una llamada interior —no del Espíritu Santo, sino del sillón— y decide que un tercer periodo “excepcional” no le haría daño a nadie. El problema es que, a esas alturas, la hermandad empieza a parecer una serie de televisión que no sabe cuándo terminar: todos saben que debería haber acabado hace tiempo, pero ahí sigue, temporada tras temporada.
El argumento estrella para justificar la prórroga es la famosa “falta de relevo”. Según esta teoría, si el Hermano Mayor se va, el mundo cofrade se derrumba, los pasos se quedan sin costaleros y el cabildo sin café. Pero, curiosamente, esa falta de relevo suele aparecer justo cuando el dirigente lleva tanto tiempo en el cargo que nadie se atreve a levantar la mano. No es que no haya candidatos, es que el ambiente se ha vuelto tan cerrado que cualquiera que proponga algo nuevo es mirado como si quisiera cambiar el color del manto de la Virgen.
Y claro, cuando alguien lleva casi una década mandando, empieza a pensar que la hermandad es suya. Se habla del “peligro del inmovilismo”, pero en realidad el peligro es que el sillón se quede con la forma del ocupante. Algunos incluso logran que el párroco o el consiliario les hagan coro, y entonces la cosa se complica: ya no es una hermandad, es una corte celestial con jerarquía incluida. Pero no, las hermandades no son feudos personales ni franquicias familiares; pertenecen a los hermanos, que deberían poder votar sin sentir que están desafiando al mismísimo Vaticano.
El Derecho Canónico, que para estas cosas tiene más sentido común del que parece, deja claro que las cofradías son asociaciones públicas de fieles, no clubes privados con estatutos a medida. Por eso el Obispo tiene que confirmar al Hermano Mayor, no para fastidiar, sino para recordar que el cargo no es vitalicio. En otras palabras: el puesto se presta, no se hereda. Y si alguien duda, basta con leer los cánones: la Iglesia no quiere reyezuelos con medalla, sino servidores temporales con fecha de caducidad.
El Papa Francisco lo ha dicho por activa y por pasiva: cuidado con la “tentación del poder”. Que esto no va de acumular mandatos como estampitas, sino de servir. Los obispos, por su parte, insisten en que las prórrogas deben ser tan raras como un paso sin incienso: solo en casos excepcionales, como una coronación canónica o una efeméride que pille por sorpresa. Lo demás es puro apego al cargo, disfrazado de “vocación de servicio”.
En el fondo, limitar los mandatos no es desconfiar de nadie, sino demostrar que la hermandad está viva. Una cofradía sana es la que forma a nuevos hermanos, deja espacio a las ideas frescas y no teme abrir las urnas cada cuatro años. Porque si el cargo se convierte en trono, la devoción se convierte en rutina. Y ya se sabe: en las hermandades, el único que debe ser eterno es el Titular, no el Hermano Mayor.