Procesión de la Virgen de Araceli de Córdoba. Foto: José A. Soler
Las procesiones llevan al público el beso, con los labios aun calientes de la piedad popular. Una fe que se construye a través de décadas y siglos, y de la que -en la mayor parte de las ocasiones- los cofrades que la cuidan son sus garantes.
Y siglos es lo que lleva desatando plegarias la Virgen de Araceli de Lucena. Pero devoción ha trascendido desde el Santuario de la Sierra de Aras como demuestra la Hermandad de Araceli de Córdoba, la filial que corrobora que esa fe está muy viva.
Y lo está en procesiones como la que tuvo lugar este sábado, cuando la imagen cordobesa salió del templo a su advocación consagrado, para llevar a cabo una salida que discurrió por Calle Ángel Ganivet, jardines de la Agricultura, Ronda de los Tejares, Alonso de Burgos, plaza del Escudo, Plaza San Ignacio de Loyola, Menéndez Pelayo, José Zorrilla, Concepción, Gondomar, las Tendillas, Jesús y María, Juan Valera, Santa Victoria, plaza Santa Victoria, plaza de la Compañía.
Lucena estuvo presente en casi cada detalle, como en los fandangos de Lucena, que interpretó El Parri durante el recorrido y el acompañamiento por la academia de baile lucentina Reflejo.
A la par que, delante de la cruz de guía, se pudo disfrutar de los sones de la Banda de Cornetas y Tambores Nuestra Señora de la Fuensanta Coronada, que ha comenzado el curso de forma intensa (ya participó en el traslado a la Catedral de la patrona de Córdoba.
La cuadrilla de Santeros de David Carrasco obró el toque preciso, la mecida exacta del paso propio y peculiar en que caminan las imágenes en Lucena y Córdoba, por una tarde, acogió esa forma de ser, de expresar la piedad popular.













