El domingo pasado nos levantábamos con unas imágenes gravísimas de numerosos disturbios en la capital francesa. La ciudad del amor pasó a ser la ciudad del horror, disfrazada de encapuchados oscuros que incendiaban todo a su paso, destrozaban comercios, saqueaban grandes almacenes y hasta reventaban pequeños comercios enfrentándose a los propietarios, que in situ, intentaban defender lo poco que les quedaba en pie. Pero lo más peligroso que se distinguía en televisión era, sin duda alguna, la dureza con la que estos energúmenos trataban, o mejor dicho, atacaban a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado francés. Resultaba de auténtico terror, observar estas imágenes donde un encapuchado se dirigía con adoquín en mano a intentar reventar la luna de las lecheras francesas. Si alguna de estas furgonetas se moviesen con cristales bajados, os aseguro que a día de hoy, hablaríamos de algún funcionario fallecido o cuanto menos, gravemente herido. Y todo esto iniciado desde una supuesta protesta estudiantil.
Pero aún nos quedaba más por ver, como si fuese algo orquestado desde la distancia, en Italia ocurría una simetría digna de estudio. Incendios, caos, comercios reventados, cargas policiales, encapuchados a la carrera, imágenes en definitiva que invitan a una reflexión contundente y que no nos eximen de participar en su extinción a través de nuestras arraigadas convicciones cristianas, desde aquí, desde nuestro territorio.
En España a lo largo de esta semana, los primos hermanos de franceses e italianos, han salido por diferentes motivos políticos, a desobedecer con alevosía a la policía y a quemar igualmente las calles y crear el caos en pacíficas ciudades como Pamplona, La Coruña o Avilés.
Y claro, muchos de vosotros os preguntaréis, ¿qué tiene que ver estos altercados, esta película de miedo, con Cristo? Pues todo. Hace ahora un mes, en esa misma ciudad donde el pasado domingo ardían sus calles, millones de personas abarrotaban esas calles y ardían de amor, fraternidad y vida, y la diferencia de hace un mes a la semana pasada tiene un nombre: Cristo.
La falta de amor hoy en día en todo el mundo, la falta de moral, de respeto a los demás, y a la autoridad, determina por ende, una falta de Cristo clarísima en estas contiendas. Aquí en España, estamos a un paso de que hechos así de graves ocurran sin ningún tipo de contención por parte de quien puede y debe hacerlo, que todos sabemos quiénes son. Y es que estamos hartos de ver como todo lo que rodea a Cristo, sale gratuitamente vilipendiado o despreciado, y lo peor, con el beneplácito, o mirada al otro lado, de nuestros gestores actuales. El cristiano ha luchado toda su vida por la defensa del amor y de la paz a todos los de su alrededor, ha llevado su lucha a los confines más perdidos y lejanos de la Tierra, mártires han sacrificado su ciclo vital por amor a Cristo resucitado, y hoy en día, se siguen viendo mártires morir. Sobre todo en países de Centro África, donde a estas horas, en este mismo momento, están cortando la cabeza a cualquier seguidor cuya única culpa es evangelizar en Su nombre.
Parece como si a todos estos crueles individuos les molestase hacer algo grande desde la humildad, la inocencia, aun sabiendo que todo ello repercutiría en sus propios conciudadanos y bienestar de su sociedad. Pero nada, no conciben la alegría del cristiano, su gozo, los prefieren caídos.
Y ya está bien que nosotros, en nuestros círculos, en nuestras ciudades, en nuestro país, miremos hacia otro lado, separemos calles que antes estaban unidas, y nos dejemos llevar por la hipocresía del que nada tiene y todo teme. O sacamos a Cristo a nuestro alrededor, sin ningún tipo de complejo, miedo o temor, con la confianza, la esperanza de la resurrección y todo lo excelente que ello nos trae, o caeremos como han caído en estos países. La discordia y el odio nos han cogido un terreno que prácticamente teníamos enterrado. Ahora nos cuesta mucho más dialogar y preferimos obviar ese contacto o debate con el de al lado, con sensatez y claridad. Y sin embargo, tan cerca tenemos esto, como tenemos a Cristo, su oración, su paz, su amor, cualidades capaces de combatir cualquier engendro, con valentía, sin miedo. Pero el problema es que no nos lo creemos, no lo difundimos ni lo afianzamos en nuestra parcela alambrada de fino alambre, fácil de romper. ¿Acaso no tenemos la suficiente fortaleza de la fe? os podéis preguntar, pero yo opto por ¿acaso no tenemos suficiente credo en nuestro Señor Jesucristo? ¿por qué nos cuesta tanto mostrar nuestra sangre cristiana?, yo tengo mi respuesta, y no es otra que porque somos cobardes y desconfiados desde nuestro origen, que se lo pregunten a nuestros primeros padres, A & E, siempre hemos tenido esta cobardía y desconfianza intrínseca a nuestro cuerpo, y somos incapaces de desembarazarnos de ambas. Sed fuertes, valientes y confiados, con Él nada hay que temer. Sal cuando debas salir y aclara cuando tengas que aclarar, nunca estarás solo.
<<¿No te mando yo? Esfuérzate, pues, y ten valor;
nada te asuste, nada temas, porque Yavé, tu Dios,
irá contigo adondequiera que tú vayas.>>
Josué 1:9
Jesús Antonio Riaño Sánchez.