01 de noviembre, día de todos los santos, día festivo en España, este año hacemos puente, descanso, viaje,…y cualquier otro evento que se nos ocurra. Pero fuera de todo esto, los católicos celebramos el día de Todos los Santos, aquéllos que vivieron y murieron en gracia de Dios y que se dispusieron tras su muerte, a plantarse cara a cara con Dios, a verle su rostro y de disfrutar de su descanso eterno. Todos pensamos en santos que dan onomástica a nuestro nombre, o santos famosos como Santa Teresa de Jesús, Santo Tomás, San Ignacio, Santa Ana, Santa Mónica, San Carlo Acutis o San Juan Pablo II. Pero debemos saber, que hay muchos más, muchísimos, tu abuelo, tu madre, tu tío, un hermano, una prima o un amigo, quizás sean santos, no famosos, pero que por vivir y morir en la Gracia de Dios, ser absuelto de sus pecados y subir al cielo, los hace al mismo nivel que los famosos.
Todo cristiano católico debe tener como objetivo final, llegar a la santidad, una calificación difícil de alcanzar pero no imposible. Para ello, la Iglesia te propone a lo largo de toda tu vida, esas herramientas y aspectos que debes mejorar o el camino a seguir para poder llegar a ese fin último. Obviamente debemos estar activos en ella, ser parte de esa Iglesia que nos requiere y que a la vez, tanta falta nos hace.
Pero hoy, me gustaría contar una verdad, esas que gustan, de esas que ponen vellos de punta y nos enorgullecen como cristianos. Era miércoles de octubre, un día soleado por tierras de la Mancha. La mañana despedía a un amanecer que parecía presagiar un día tranquilo en aquel terreno de siembra, donde los hortelanos ya habían comenzado su jornada y donde arreciaba una brisa fresca, típica de esta zona centro peninsular. Nadie podía esperar que aquel estruendo, propio de una interacción fuerte de dos tormentas secas, ocurriese a escasos metros de ellos. Al levantar la mirada, un humo oscuro apenas dejaba ver el centro de la catástrofe, pero sí se apreciaba los extremos de dos trenes diferentes, uno rojo y otro blanco. El caos, lo imposible, el dolor, la pesadilla, la desesperación, el qué hacer, el si eso era verdad… todo lo que nos podemos imaginar pasó por esa mente en apenas dos segundos y medio. Y había que actuar, informar, avisar, sin creerlo aún, pero eso no podía estar pasando. Al acercarse, se oían gritos de ayuda, pero también un silencio aterrador, aquellos amasijos de hierro envolvían decenas, cientos de viajeros, de gente como tú y como yo, que en lugar de trabajar como aquel hortelano, se desplazaban en ese tren hacia su destino. Un destino que se anticipó.
Las historias sacrificadas hablaban de una madre que iba a la boda de su hija, o ese trabajador que acudía a una rutinaria reunión de trabajo, aquel periodista que cubriría el evento informativo en Sevilla, o la exministra que debía ayudar en época de elecciones a la gente de su partido, o ese joven maquinista en prácticas, que soñaba con ser un conductor de primera en la liga ferroviaria. Historias que tuvieron que apearse en una estación anterior a la suya. Automáticamente, la noticia corre como la pólvora por los cercanos pueblos de Urda y Los Yébenes. El alcalde, el farmaceútico, el médico, la Guardia Civil, el panadero y Don Fernando, párroco de Los Yébenes acuden a ayudar sin saber aún el escenario que se podrían encontrar. Don Fernando, ya iba con su oración por delante, deseando que fuese un descarrilamiento de un tren, leve y sin apenas consecuencias, pero no, nada de eso encontró. Cuando llegó a la zona cero, parecía como si estuviese andando por una zona bombardeada por el enemigo y observaba la gravedad de la realidad. Gente de todo tipo, mutilada, herida, abierta en canal y mucho silencio y algún que otro grito. Don Fernando, se había convertido sin quererlo, en actor de aquella fatal escena que jamás le hubiese gustado presenciar. Y llegó su momento, seguro que movido por la providencia divina, alzando su voz al aire gritó “a todos los que me oigáis, y a todos los que vivisteis en la senda del Señor, os doy la absolución colectiva”, y pronunció las palabras al efecto. Una absolución efectiva, real y aprobada por la Iglesia, no esas absoluciones que en una reunión de fieles, pretenden limpiar de pecados sin hacerlo como Dios y su ley manda. El caso de Urda, esta fatídica catástrofe, podía ser uno de los ejemplos donde la norma católica contempla la absolución colectiva.
Ese gesto de Don Fernando, propició a muchos de los fallecidos, despedirse en Gracia de Dios de esta vida terrenal, e iniciar el camino hacia esa santidad que habían ansiado. Muchos de los más de setenta fallecidos, se predisponían ascender a ese cielo raso azul y plantarse cara a cara a Dios, como cualquier santo más, gozar de su presencia, sin dolor, sin oscuridad, con mucha luz y muchísima esperanza. Ahí arriba ya no cabe más que el paraíso de los puros de espíritu y alma.
La muerte no es el final, esta frase tantas veces recitada por el que suscribe, coge protagonismo y realidad en este pasaje que nunca nos hubiese gustado relatar. Pero es así, no es el final, es el principio de la Gloria para todos aquellos que un miércoles de octubre viajaban en aquellos vagones de la muerte, y que gracias a Don Fernando, sacerdote de Los Yébenes, ya disfrutan de la presencia de Dios Padre.
Descansad en paz santos de Urda, nosotros en la Tierra, nos queda rezar por vosotros y por vuestras familias.
<<Orará a Dios y este le amará. Y verá su faz con júbilo
y restaurará al hombre su justicia.>>
Job 33:26
Jesús Antonio Riaño Sánchez.