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La historia de la Divina Pastora de las Almas desafía el relato tradicional de las devociones religiosas. Lejos de visiones místicas o apariciones milagrosas, su origen se encuentra en una audaz estrategia de comunicación diseñada por un fraile capuchino en la Sevilla del siglo XVIII.
Todo comenzó en 1703, en la Alameda de Hércules, un espacio sevillano conocido entonces por su «moral relajada». Allí, Fray Isidoro de Sevilla concibió lo que él mismo denominó una «ocurrencia»: una imagen capaz de conmover a los sectores más alejados de la fe mediante la ternura y el simbolismo visual. Lo que hoy se percibe como una imagen tradicional fue, en su génesis, un fenómeno de evangelización disruptiva que tres siglos después sigue siendo referente de la iconografía universal.
El propio fraile siempre fue honesto sobre el origen de la advocación. El 24 de junio de 1703, tras una exitosa procesión con un estandarte de la Inmaculada, percibió la «conmoción del pueblo» y comprendió que necesitaba una imagen que transmitiera el pastoreo de María de forma directa y sensible. No hubo visión corporal, sino inspiración divina canalizada a través de la razón y el arte. Su confidente, Fray Miguel de Zalamea, lo defendió tajantemente durante sus exequias: «No fue más que una piadosa ocurrencia; si bien es verdad que me aseguró que la había tenido por inspiración divina». Esta humildad intelectual, que renuncia al prestigio del milagro, otorga a la advocación un valor teológico único para el siglo XVIII.
Fray Isidoro se comportó como un auténtico director creativo. Tras obtener financiación de su hermano Antonio, acudió el 25 de junio de 1703 al pintor Alonso Miguel de Tovar con instrucciones de precisión casi cinematográfica. Cada elemento fue una decisión simbólica calculada: túnica roja de amor divino, manto azul terciado al hombro, pellico blanco de piel de oveja, sombrero pastoril colgado a la espalda. El rebaño místico incluía ovejas con rosas en sus bocas, y crucialmente, la oveja extraviada portaba un rótulo con el «Ave María»: el grito de auxilio del pecador. La Virgen acariciaba un cordero en su regazo mientras, al fondo, San Miguel descendía para abatir al lobo que acechaba al rebaño.
El fraile incluso aplicó una segunda versión al diseño: el 15 de agosto volvió al taller para que Tovar añadiera una corona imperial sostenida por ángeles, dotando a la pastora de jerarquía de reina. La «campaña» se lanzó oficialmente el 8 de septiembre de 1703, cuando el lienzo fue expuesto por primera vez ante el público. Esta minuciosidad demuestra que la imagen fue concebida como una herramienta de comunicación para las masas, donde el «Ave María» en la oveja actuaba como el primer llamado a la acción de la historia devocional sevillana.
Irónicamente, los ataques más feroces no vinieron del exterior, sino del seno de la propia Orden Capuchina. En 1718, el Definitorio Provincial ordenó retirar las imágenes de la Pastora de sus templos. Un sector de la comunidad tildaba el traje pastoril de «indecoroso, indecente e impuro». Sin embargo, el conflicto real era una rivalidad de marca: existía el temor fundado de que el éxito arrollador de la Divina Pastora terminara desplazando a la Inmaculada Concepción, el gran estandarte de la familia franciscana. La primera hermandad tuvo que buscar refugio en la parroquia de San Gil ante la hostilidad de los gobernantes de su propia orden. La resistencia interna subraya cómo las innovaciones iconográficas suelen chocar con el conservadurismo estético, incluso cuando el objetivo final es el mismo.
El reconocimiento de Roma fue una carrera de fondo que duró 92 años. Fray Isidoro introdujo innovaciones como la Corona Franciscana, una versión del rosario con siete décadas de avemarías, pero la gran batalla fue terminológica. La «Crítica Ilustrada» del siglo XVIII se oponía ferozmente al uso del adjetivo «Divina» para una criatura humana y al título de «Pastora», que consideraban exclusividad de Cristo.
Tuvo que ser el Beato Diego José de Cádiz quien, tras décadas de gestiones y aprovechando su prestigio como «apóstol de España», lograra el espaldarazo definitivo. El 1 de agosto de 1795, el Papa Pío VI aprobó finalmente la fiesta, misa y oficio propio, aunque bajo el término técnico de «Madre del Divino Pastor». La tenacidad de los defensores de la advocación frente a la burocracia romana y la frialdad de la Ilustración es un testimonio de la fuerza que tiene la piedad popular cuando se siente identificada con un símbolo.
Lo que hoy conocemos como la Divina Pastora nació, pues, no de un milagro, sino de la capacidad humana de canalizar la espiritualidad a través del arte, la estrategia y la perseverancia. Una «ocurrencia» que cambió la fe.