Procesión de la Virgen de la Victoria. Foto: EC
La ciudad respira por su barrios, erigidos en el pulmón invisible de sus gentes. Gentes que insuflan el aire de sus calles, de los rincones de sus barrios donde toman el aliento de los días. Días que se oxigenan en cada esquina, en cada templo que se convierte en el faro de su barrio, de sus días, de sus gentes.
Y en uno de esos barrios cordobeses, el de Parque Azahara, se toma resuello en su iglesia, la de Santa Beatriz de Silva. Un templo donde el aire que se respira tiene un aroma especial, el de un grupo parroquial que, antes de que concluya cada año, transforma el aire en atmósfera gracias a su titular mariana, la Virgen de la Victoria.
Y de Santa Beatriz partió La Victoria (su nombre es una señal, un estandarte en sí mismo), para buscar la otra parte del barrio, la que separa la carretera y tiende puentes la imagen, en pos de la Parroquia del Inmaculado Corazón de María.
Y lo hizo por medio de una procesión cuidada, bien hecha, con el mimo de la fe y la ilusión que se renueva en cada salida, como si todos los días de procesión fuesen un aniversario en sí mismos.
Al paso exacto que mandó Manuel Cejudo (acompañado por Juanma Pérez, José Luis Castilla y Antonio Jesús Ortega), La Victoria recorrió con elegancia cada enclave, si prisa, pero al ritmo que exige cualquier cortejo que se precie.
Y eso acompañada por una banda de gran nivel, la de La Algaba, que ofrendó a la Virgen un repertorio alegre homenajeando su advocación a través de marchas como Espíritu Santo, El día del Señor, Encarnación Coronada, Reina la Esperanza y Encarnación de la Calzada, entre muchas otras.
La ciudad respira por sus barrios, a través de sus devociones, incluso en los días en que la fe se abre paso entre las fiestas -paganas e importadas- que dan más valor a lo realizado. Al final, todo se insufla en la devoción que se cuida cada día. Y al final, La Victoria.











