
Blas Jesús Muñoz
La existencia es un camino bidireccional, una carretera de doble sentido en la que hay limitaciones de velocidad, radares, adelantamientos, rectas que parecen inagotables y zonas de curvas donde se pone a prueba la aerodinámica del espíritu.
Y sin coches pero con pasos, para los capataces es lo mismo que para el resto. En ocasiones la comarcal parece una autopista de posibilidades inagotables (cuando se consiguen martillos, mientras en otras las eses de las curvas parece que van a acabar con la cuadrilla mareada y con uno de los de negro al frente del paso y con el titular del martillo despeñado (en sentido figurado) por el barranco.
La estabilidad no existe en ese tránsito, como en casi nada en la vida. Y, a veces, tendemos a pensar que media hora de monótona conducción nos va a durar para siempre.
Esos treinta minutos sin camiones ni adelantamientos a 120 kilómetros/hora (por no infringir las normas) clavados, pueden asemejarse a más de dos décadas en un mismo cargo. Con algún bache, pero con estabilidad que se antoja perenne.
Pero, sin previo aviso, llega el frenazo, el volantazo y todo cambia de ayer a hoy sin que haya posibilidad de mañana. Esto te pasa en el trabajo y con el oficio de capataz, de costalero y de aguador. Te despiden con hermosas palabras (habitualmente), más sentidas que el luto de una viuda decimonónica, pero te dicen adiós y del drama no queda ni el recuerdo varios días después. Solo para el que lo padece.
Todo lo que suena llega. Y de la destitución que flota en estas líneas se venía hablando tiempo ha. El cambio está ahí, aguardando en una curva como un autoestopista y, normalmente, preferimos mirar al otro carril, como si no existiera. Pero todo lo que suena llega, como llegó para otros, como llegará para los que aun permanecen.