
Pepe Soler
Siempre he pensado que las hermandades tienen algo especial que las hace únicas, algo que va mucho más allá de lo que podemos ver en la calle durante la Semana Santa. Cada una lleva consigo una historia, una forma de ser, una identidad que se ha ido forjando con el paso de los años y que merece ser cuidada con cariño y respeto.
Me preocupa cuando veo que algunas hermandades parecen dejarse llevar por las modas del momento, como si lo importante fuera estar a la última o seguir lo que hacen otras cofradías. Entiendo que los tiempos cambian y que es natural que haya evolución, pero creo sinceramente que hay cosas que no deberían perderse en ese camino. Cambiar de horario porque ahora se lleva salir más tarde o más temprano, modificar el estilo de la cofradía para parecerse a otra que tiene más éxito, contratar capataces de renombre solo por su nombre, o cambiar de banda musical cada poco tiempo… todo esto, aunque pueda parecer que moderniza o mejora, en realidad puede ir diluyendo poco a poco lo que hace especial a cada hermandad.
Cada cofradía tiene su propio carácter, su propia manera de vivir la fe y la tradición. Algunas son más sobrias, otras más festivas; unas tienen un paso ligero y otras prefieren la parsimonia. Y eso está bien, eso es lo bonito. No todas tienen que ser iguales ni seguir el mismo patrón. Cuando una hermandad renuncia a su esencia para adaptarse a lo que parece que gusta más en ese momento, pierde algo valioso que no siempre se puede recuperar.
No digo que haya que quedarse anclado en el pasado ni que no se pueda mejorar o adaptar ciertas cosas. Pero creo que cualquier cambio debería hacerse desde el respeto a la propia identidad, preguntándose siempre si eso que vamos a modificar nos acerca o nos aleja de lo que somos. Las modas pasan, pero la identidad de una hermandad debería permanecer, porque es lo que la hace reconocible, lo que la conecta con sus hermanos de ayer y de hoy, y lo que transmitirá a las generaciones futuras.
Al final, lo que hace grande a una hermandad no es parecerse a las demás ni seguir las tendencias, sino ser fiel a sí misma, conservar su espíritu y transmitirlo con orgullo. Eso es lo que, en mi opinión, merece la pena cuidar y defender.