Jesús A. Riaño
¿Os imagináis un mundo sin guerras, sin pobreza, sin catástrofes naturales, sin enfermedades o sin suspensos en los exámenes, entre otros? ¿qué veis de relación entre todas ellas y tú, que eres un cristiano acomodado, echado en tu sofá de casa, descansando? Quizás se os ocurran muchos nexos entre ambas cuestiones, pero yo me refiero a uno: la oración.

Y es que, todos los que de alguna u otra manera hemos seguido un camino cristiano, más o menos practicante en nuestra vida y de familia, hemos aprendido a orar, a rezar para que cesen las guerras, dejase de llover, o lloviese, para que se acabe la pobreza en el mundo, el cáncer o, simplemente, para aprobar el examen de mates que tengo esta semana. Otra cosa no, pero rezar y pedir a nuestro Señor Jesucristo o a la virgen, por todas estas cosas, no sólo lo hemos hecho, sino, que lo seguimos haciendo, o ¿no?. No sólo está bien, sino que os invito a mantenerlo. Pero ahora permitidme que vaya un poco más allá y os hable en una dimensión más común, global y unida: la oración comunitaria.
La oración comunitaria, sin entrar en definiciones técnicas o teológicas, es un medio que nos planta ante Dios, compartiendo este momento personal, privado, lleno de luz, de paz o de recogimiento, por toda una comunidad. Cuando una comunidad reza junta en un espacio y tiempo determinado, las consecuencias de esta oración, son inimaginables, imparables y muy gratificantes.
Ahora en el contexto cofrade que es el que nos atañe, una oración comunitaria entre hermanos de una misma hermandad, es un estallido de fuerza, de unión, de transformación, de amor entre hermanos difícil de explicar y donde Cristo se sitúa en medio de todos. Y no me refiero a la eucaristía mensual que tu hermandad celebra cada primer lunes, martes o domingo de mes, que también es una oración comunitaria, no, me refiero a un acto, que bien puede ser también mensual, o entre semana, celebrado en tu templo o parroquia, ante el Santísimo expuesto en el altar, con tu consiliario o sacerdote y cuya duración no exceda de cuarenta minutos. En esta celebración, en la que es Dios quien te llama a través de tu hermandad, se puede expresar todas esas inquietudes, desvelos y circunstancias, que de manera privada y personal rezabas desde tu cama o salón, pero esta vez va a ser recogido por toda una familia de hermanos y en el templo.
De verdad, una hermandad puede trabajar mucho para Dios, pero si apenas se reúne para estar con Dios, es una hermandad faltante de motivación y vida plena que al final evocará a la Cuaresma y sus cultos. Sé que si eres un miembro de una Junta de Gobierno, y has llegado hasta aquí leyendo estarás pensando: “Éste, desde su ordenador, viene a darnos lecciones de…, si apenas vienen a la eucaristía mensual, van a venir a la oración comunitaria. Este hombre está flipado”. Lleváis toda la razón, salvo que no pretendo llegar a vosotros, miembros de una Junta de Gobierno, que sé que asistiríais sin problema a dicha oración, pretendo llegar, como es mi intención desde que hace seis artículos comencé en este medio, a todos esos hermanos que sólo participan de su hermandad en cultos, Cuaresma y estación de penitencia. (Así es que, ya sabes, puedes compartir este artículo con tus hermanos por vuestras redes sociales).
Me dirijo a ti, que apenas acudes a la llamada de tu hermandad salvo en los meses previos a la estación de penitencia que realizas. Tú que tienes tus preocupaciones y desvelos, tú que rezas al Santísimo Cristo o a su bendita madre, si tu hermandad plantea una oración comunitaria mensual, acude y reza junto a tus hermanos, ponte en presencia del Señor, escucha su Palabra, alaba, da gracias, pide perdón, presenta tu necesidad, comparte tu fe, pero sobre todo, aprende a poner en el centro a Cristo, y no a ti mismo, como hacen en ese momento los de tu alrededor. Porque esta oración une, transforma su manera de vivirla, da sentido al culto y muestra una fe viva, pero sobretodo, sostiene en los momentos difíciles de tu vida.
No añadáis la oración a la vida de la hermandad, sino hacer que la oración impregne la vida de la hermandad, ya que una hermandad que aprende a rezar unida, descubre que la oración no es una actividad más de su vida, sino aquello que da sentido a todo lo demás.
<<Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.>> Mt 18, 20
<<Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.>> Hechos 2, 42