Extraordinaria de la Merced. Foto: Francisco Patilla
Las cofradías son el discurrir de generaciones que trascendieron al tiempo a través de la devoción. La misma que se plasma en el rostro de cualquier imagen, a la que se venera, se reza y te ves proyectado en esa súplica de vida eterna. Y en el de Santa María de la Merced hay miles de rostros incrustados, los que durante cincuenta años le han pedido sus cosas, les han agradecido otras y han estado frente -y junto a ella- sin descanso.
Inasequibles al desaliento, generosos en la devoción como el de quienes han participado en su extraordinaria -de una u otra forma, en uno u otro puesto- como Antonio y su familia, como Salva en la distancia y tantos y tantos nombres que se anudaron al de La Merced para siempre.
Y la procesión fue y estalló entre petaladas y vítores. La lluvia, que amenazaba como en primavera, provocó un sustancial recorte del horario (menos de la mitad) y de un recorrido que solo transitó las calles de su barrio, desde el Zumbacón a Edisol.
Pero no hizo falta más para que La Merced brillara con luz propia en el día en que le fue impuesto el Escudo de la Ciudad de manos del concejal de Fiestas y Tradiciones, Julián Urbano.
Y todo en un itinerario que tuvo sabor a barrio, a raíz y a la esencia misma de la hermandad que, mientras el cielo se iba cubriendo para cumplir su amenaza e hizo acortar una hora el horario modificado. Pero no impidió que la Virgen de la Merced regalará momentos de alegría, emoción y sabor a barrio.
Las cofradías son el discurrir de generaciones que trascendieron al tiempo a través de la devoción. La misma que se plasma en el rostro de cualquier imagen, a la que se venera, se reza y te ves proyectado en esa súplica de vida eterna. Y en el de Santa María de la Merced se contempla mucho más que medio siglo de amor (qué no es poco) se vislumbra la esperanza de la vida eterna, como el nombre de la marcha que se estrenó para su extraordinaria, como ella, Eterna Merced.









