Redacción
Hay noticias que deberían ocupar un lugar destacado en la actualidad cofrade y, sin embargo, pasan casi de puntillas, como si fueran un nazareno sin cirio en mitad de la noche. Es lo que ha ocurrido con el plan de formación impulsado por la Diócesis de Córdoba para hermandades y cofradías, una iniciativa que ha despertado el interés de alrededor de 527 cofrades.

El dato no es menor. Todo lo contrario: invita a la esperanza y merece ser contado. Pero también plantea una pregunta incómoda: ¿por qué una noticia de esta relevancia recibe menos atención que un estreno, una restauración o cualquier polémica con capacidad para incendiar los grupos de mensajería?
No se trata de restar importancia al patrimonio, a los dorados de un paso, a un buen bordado, al exorno floral, a la cera o a una banda que interpreta una marcha con la solemnidad adecuada. Todo eso forma parte de nuestra tradición y contribuye a construir la identidad de nuestras hermandades. Además, conviene reconocerlo, una cofradía sin patrimonio, sin música y sin cierta preocupación estética sería algo parecido a una torrija sin azúcar: posible, sí, pero bastante menos apetecible.
El problema surge cuando lo accesorio termina ocupando todo el escaparate y lo esencial queda relegado al almacén. Una hermandad no es únicamente un conjunto artístico que sale a la calle una vez al año. Es, ante todo, una comunidad de fe. Su razón de ser está en el culto, en la formación de sus miembros y en el ejercicio de la caridad. El patrimonio, la estética y la música tienen verdadero sentido cuando ayudan a expresar y hacer visible esa identidad.
Por eso, que más de quinientos cofrades hayan mostrado su disposición a participar en una iniciativa formativa debería ser motivo de alegría y de reflexión. Detrás de esa cifra hay personas que desean conocer mejor su fe, profundizar en el significado de pertenecer a una hermandad y asumir esa pertenencia con mayor responsabilidad. No es una noticia menor ni un asunto reservado a una nota al pie.
Sin embargo, buena parte de la conversación cofrade continúa girando alrededor de estrenos, restauraciones, cambios de recorrido, debates estéticos y controversias de escaso recorrido. Hay asuntos que, por su naturaleza, parecen destinados a sobrevivir apenas unas horas, justo hasta que aparece la siguiente discusión. En ocasiones, incluso conseguimos convertir el color de una flor o la posición de un elemento del paso en una cuestión de Estado. Y eso tiene su mérito, aunque quizá no sea el mérito que más necesitamos.
Mientras tanto, las iniciativas pastorales y formativas apenas encuentran espacio. Se habla mucho de cómo se presenta una hermandad, pero bastante menos de cómo vive. Nos preocupa la imagen que proyecta una cofradía cuando sale a la calle, pero no siempre prestamos la misma atención a lo que ocurre cuando las luces se apagan, los pasos regresan a sus almacenes y termina la temporada de procesiones.
Tal vez deberíamos preguntarnos qué modelo de cofrade estamos construyendo. ¿Queremos personas capaces de enumerar todos los estrenos de su hermandad, pero con dificultades para explicar su misión? ¿Cofrades que conocen al detalle una marcha, una saya o un diseño de candelería, pero no encuentran tiempo para participar en la vida litúrgica, formarse o colaborar con quienes atraviesan una situación difícil?
No hay que elegir entre la belleza y la formación, entre el patrimonio y la caridad o entre la tradición y la vida cristiana. No se trata de enfrentar unas realidades con otras, sino de colocarlas en el orden adecuado. El problema no es que lo accesorio exista; el problema aparece cuando se convierte en lo principal.
La belleza exterior puede atraer, emocionar y ayudar a transmitir un mensaje. Pero no puede sustituir a la profundidad interior. Una hermandad puede tener un patrimonio extraordinario y, al mismo tiempo, estar llamada a preguntarse qué está haciendo por la formación de sus hermanos, por la transmisión de la fe y por quienes necesitan ayuda.
Los 527 cofrades que han respondido a la propuesta diocesana representan una oportunidad. Su decisión demuestra que existe inquietud, interés y deseo de crecer. Merecen visibilidad porque hablan de una Semana Santa que no quiere limitarse a contemplar, sino que también quiere comprender, comprometerse y servir.
Las hermandades no serán más importantes por la cantidad de titulares que generen sus estrenos ni por la intensidad de sus polémicas. Tampoco por el número de comentarios que provoque una decisión estética en las redes sociales, aunque a veces parezca que de ello depende el futuro de la cristiandad. Serán más fieles a su misión por su capacidad para dar culto a Dios, formar a sus miembros y ejercer la caridad.
Conviene, por tanto, volver a poner cada cosa en su sitio. Lo accesorio puede embellecer una hermandad, hacerla más atractiva y reforzar su lenguaje. Pero solo lo esencial puede darle profundidad, coherencia y sentido.
Y, puestos a elegir qué noticia merece ocupar el primer plano, quizá deberíamos empezar a mirar con más interés a quienes se forman, sirven y trabajan en silencio. Aunque no estrenen nada, no hagan ruido y no generen polémicas.