A menudo, paseando por tu ciudad, sueles ver escenas que a uno le conmueve y le entristece en lo más profundo. Me refiero a ver personas que no han tenido suerte en esta vida, gente que eligió el carril equivocado y ya fue tarde regresar al cruce. No han sido malas personas, han sido personas mal aconsejadas o mal acompañadas. En definitiva, nos cruzamos o pasamos al lado de personas que son iguales que tú, pero con mala suerte en esta vida.
Lo anterior descrito es un ejemplo del presente, de la dureza del día a día que la tenemos al alcance de nuestra mano y que pasamos casi sin darle la importancia que en realidad tiene. Sin embargo, siempre hay halos de esperanza para poder respirar, para poder seguir viviendo con alegría y brindar por el sí a la vida. Y es que, la esperanza de la resurrección, lo más grande que un cristiano puede celebrar, debemos tenerla siempre presente en nuestro corazón para que palpite día a día y nos de la fuerza suficiente para nunca decaer.
En una hermandad, existe esa sección donde la esperanza de la resurrección se hace presente y donde la huella de nuestro Señor Jesús se nota en cada paso. Esta sección puede llamarse de diferente nomenclatura, con distintos títulos, pero tienen un denominador común: proclamar, abrazar, amar al prójimo que lo necesita y que eligió el carril equivocado. Se puede llamar Promotor de caridad, vocal de acción social,… pero son lo mismo, buscan lo mismo y se merecen un peldaño más hacia su santidad.
Qué importancia tiene dicho cargo o puesto, y qué reconfortante debe ser. Estoy seguro, que si hablase con cualquiera de ellos, que represente a cualquier hermandad aquí en Córdoba o de cualquier ciudad de Andalucía, llegarían hasta casi a emocionarse de lo vivido, contándome como creían que los pobres eran los otros, y sin embargo, eran más ricos que uno.
Escuchar a esa persona golpeada por el tortazo que le dio la vida, transmitir con voz quebrada cómo de ser un don entre sus círculos, a precipitarse sin quererlo, sin saberlo y a veces sin entenderlo, a lo más profundo del agujero, allí donde la luz dejó de existir, reconforta al protagonista, pero también al escuchante. Esa escucha eleva al don, al menos por unos minutos, a puestos donde revive de la luz y aquellos tiempos donde se sentía un Don en mayúsculas, porque al fin y al cabo, a veces con tan poco, se hace muchísimo, y ellos necesitan ese poco de nosotros.
Y si no que le pregunten al promotor de caridad de cualquier hermandad y que cuente su verdad, de quién ha recibido más, si el don o él mismo. Esta maravilla se llama resurrección, sí, resurrección de uno y de otro. De uno porque le acaba de volver a revivir a su época de esplendor, de otro por resurgir el amor más sincero del prójimo a uno mismo. Y todo esto lo hace un hermano tuyo, un hermano que pierde (bendita pérdida) tiempo de su familia, de su vida, en dedicársela a los demás. Y tan solo he puesto un ejemplo de la acción de este puesto en una Junta de Gobierno, pero hay muchísimos más ejemplos que sin dudan enriquecen hasta el infinito.
Por ello, animo a todos aquellos hermanos que sientan esa sensibilidad en su interior, esas ganas de ayudar al prójimo que lo necesita, para que sean valientes y colaboren con ese promotor de caridad, pues la recompensa será cien mil veces mayor de la que pudiese imaginar. Además, debes saber que con ese gesto se hace ejemplo, y uno sube un peldaño más, en esa escalera hacia la santidad, fin al que todo cristiano debemos aspirar.
¡Qué fácil tenemos el acceso a eso de ser santo, y cuánto nos cuesta subir por esa escalera! No es incongruencia, es realidad. Con gestos, acciones pequeñas, hacemos cosas inconmensurables, pero claro, debemos tener ganas de hacerlas para posteriormente descubrir la grandeza de Cristo en uno mismo.
<<Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis; estuve desnudo y me cubristeis.>>
Mateo 25, 35-36.