Pepe Soler
Llevo un tiempo siguiendo las procesiones de Gloria de nuestra ciudad. Y he llegado a una conclusión que tal vez no haga amigos, pero que lleva a una reflexión tal vez necesaria: Córdoba no necesita copiar las maneras de Cantillana por una razón muy sencilla: bastante trabajo tiene ya con explicarse a sí misma. Entre el incienso, las bullas, las discusiones sobre cómo ha andado un paso y los debates teológicos sobre si una petalada debe caer con elegancia o con la contundencia de una granizada, la ciudad cuenta con un repertorio propio de sobra.

Cantillana tiene dos grandes devociones de gloria, una dualidad perfectamente asentada y una forma de vivirlas que se ha ido construyendo con el tiempo, la tradición y muchos kilómetros de calle Martín Rey. Allí las cosas salen de manera natural, porque forman parte del paisaje sentimental del pueblo. Es una expresión popular autóctona, reconocible y, sobre todo, creíble. No hace falta preguntarse si alguien ha preparado el grito de la esquina: normalmente se sabe que ese grito lleva años esperando su momento.
El problema aparece cuando, fuera de Cantillana, algunos descubren que una procesión puede tener petaladas, vítores y una marcha con final apoteósico, y deciden reproducir el sistema completo como quien compra un mueble de una conocida multinacional sueca: “me llevo este modelo, pero a ver si me cabe en la devoción”. Y así empieza la operación.
Primero llegan las petaladas. No una petalada discreta, proporcionada, de esas que parecen decir “te queremos mucho”, sino una descarga floral capaz de alterar el clima de la ciudad. El cielo se oscurece, los vecinos miran hacia arriba y alguien pregunta si se ha declarado la primavera por decreto. La Virgen avanza entre una nube de pétalos tan densa que, durante unos segundos, deja de ser una procesión y se convierte en una recreación bíblica de la plaga de las flores.
Después aparecen los gritos. Pero no el grito espontáneo que nace de la emoción, de la historia familiar o de ese instante en que la música y la imagen encajan de una manera inexplicable. No. Aquí hablamos del grito estudiado, ensayado y probablemente enviado por un grupo de mensajería con la indicación: “Importante: que entre justo después del cambio de compás”. Un vítores perfectamente cronometrado, con su respiración previa y su remate final, que deja a todos pensando si se está viviendo una devoción o asistiendo a la prueba general de una gala.
Y luego está la imitación de los momentos clave. Porque, al parecer, toda procesión de gloria debe tener su esquina de la calle Martín Rey, aunque se celebre a cientos de kilómetros, en una plaza donde jamás ha habido una doble devoción, ni una tradición semejante, ni un señor mayor capaz de explicar en siete minutos por qué aquello antes se hacía de otra manera.
Lo más curioso es que algunas de estas devociones tienen un arraigo local tan reducido que pasan desapercibidas fuera de su barrio. Sin embargo, de pronto aparecen rodeadas de una escenografía emocional propia de una coronación pontificia: miles de pétalos, exclamaciones coordinadas y una intensidad que haría pensar que la imagen lleva siglos protagonizando la vida espiritual de media Andalucía.
Y ahí está la clave: no se trata de criticar a la Divina Pastora, a la Asunción Gloriosa ni a ninguna otra devoción. Cada una merece ser vivida con el cariño y las formas que le son propias. Lo que resulta desconcertante es convertir una tradición ajena para fabricar una identidad de toda la vida.
Porque Córdoba también tiene sus maneras. Tiene su forma de mirar una procesión, de guardar silencio, de romperlo, de emocionarse, de discutir —con enorme convicción— sobre si una banda ha interpretado bien una marcha y de decidir que una imagen está “en su sitio” aunque nadie sea capaz de definir exactamente cuál es ese sitio. Córdoba tiene sus ritmos, sus códigos, sus devociones y hasta sus exageraciones, que ya son suficientemente abundantes como para importar las de otro municipio.
Copiar a Cantillana en Córdoba es, en definitiva, como pedir salmorejo en una feria y echarle gazpacho por encima “para que tenga más personalidad”. Puede parecer vistoso, puede generar aplausos y seguramente alguien lo defenderá con entusiasmo, pero no deja de ser una mezcla innecesaria.
La devoción no necesita hacerse pasar por otra. Si una imagen tiene historia, que la cuente. Si tiene arraigo, que lo demuestre. Si emociona, que emocione sin apuntador. Y si llega una marcha, cae un pétalo y alguien siente la necesidad de gritar, que lo haga; pero, por favor, que no parezca que ha recibido antes el guion, el horario y las instrucciones de montaje.
Cantillana tiene sus formas porque Cantillana es Cantillana. Córdoba tiene las suyas porque Córdoba es Córdoba. Y entre ambas hay sitio para admirarse, respetarse y disfrutar de la riqueza de cada tradición, sin necesidad de que todas las procesiones terminen pareciendo una oposición para conseguir plaza fija en la calle Martín Rey.