Divina Pastora de Capuchinos. Foto: José A. Soler
Hay cofradías que crecen y no paran de hacerlo. Y ese es el caso del Redil Eucarístico de la Divina Pastora que, desde que volvió a procesionar con su titular letífica por las calles del centro de la ciudad no ha hecho sino demostrar que con buen hacer, cimientos sólidos, gusto y ganas se puede alcanzar cualquier cota.
En cada salida, la memoria de Fray Ricardo de Córdoba está más que presente, casi se puede tocar en esa atmósfera -mística y alegre- que emana de la procesión. En cada salida, El cielo de Capuchinos suena cuando la Divina Pastora llega a los jardines que llevan el nombre del religioso.
En cada salida, la Banda de Música María Santísima de la Esperanza de Córdoba derrama ese buen gusto, esa afinación y elegancia que se conjugan a la perfección con el caminar de la Virgen, con el retablo itinerante en que se convierte el redil por algunas de las calles con más sabor de la ciudad. Con marchas tan señeras e impecables como Refugio, Virgen de la Consolación y Tras tu verde manto, entre otras muchas.
En cada salida, el itinerario deja enclaves que se trasforman al paso de la Divina Pastora, como Burell, Ramírez de Arellano, San Miguel, San Álvaro, la Plaza de los Carrillos, Osario, Cardenal Toledo y, sobre todo y ante todo, la Plaza de Capuchinos. Pero con especial mención a Cruz Conde, donde el Tramo azul quiso resaltar las necesidades de las personas con autismo, que también pudieron disfrutar de la procesión. En un gesto que, afortunadamente, se va convirtiendo en costumbre, gracias a la sensibilidad de las hermandades y a iniciativas como la que, la pasada Cuaresma, lideró la Prohermandad de la Confianza (conviene no pasar esto por alto).
En cada salida, el número de fieles que acuden a disfrutar de la imagen, a pedirle y a alegrarse por lo concedido aumenta, aunque en ocasiones se eche de más el elevado número de personas que se plantan delante del paso (este y otros muchos) y ni tan siquiera estén pendientes de lo que tienen que estar.
En cada salida -como en el resto de las que saca-, ver a David Arce, su equipo de auxiliares y su cuadrilla de costaleros es una de esas constataciones felices. Es disfrutar del capataz que atraviesa el momento más dulce de los que hay en la ciudad. Y eso es mucho, y por eso mismo -entre tanto nivel- es un lujo disfrutar del gran trabajo realizado.
En cada salida, el Redil de la Divina Pastora no para de crecer y, ante eso, solo queda rendirse, admirarse y rezarle para que nunca se detenga ese sueño.








