Si la paradoja tenía que llegar en algún momento, ya ha llegado. El nombre de la sección y el titular ya hablan por sí mismos de ella. Y es que asistir a una extraordinaria en pleno mes de agosto, con bastante calor seguramente, con cortejos enchaquetados y porosos, con cera derritiéndose como la mantequilla en la tostada, y con la percusión, el viento y el metal cerrando una atmósfera espesa; a día de hoy ya no es una hipérbole.
La exageración probablemente está en el número de salidas procesionales (extraordinarias y anuales) que, por ejemplo, se celebran cada otoño. Y es que los cofrades llenamos los calendarios de los fines de semana con más facilidad que el área de Cultura de cualquier ayuntamiento.
Pero la cuestión estriba en que las cofradías son, entre otras muchas cosas y algunas más importantes, cultura. Lo que sucede es que el cofrade tiende al exceso en la muestra de su fe y eso mismo se refleja en el elevado número de salidas procesionales, que para cada cofradía concreta tienen todo el sentido del mundo.
Un ejemplo. Lo decía Félix Pelayo en la primera tertulia del curso de Efecto Cofrade, al hilo del elevado número de extraordinarias que hay en este tramo final de 2026 en Córdoba y su provincia. Para cada hermandad de cada pueblo que la realiza es sumamente importante y, extraordinaria, porque es la suya, y porque en el caso de la provincia la efeméride suele enmarcarse en el siglo o más del siglo de historia.
No es un detalle nimio, ese de la subjetividad de lo propio. Pero tampoco hay que pasar por alto que entre acontecimientos únicos y los que tocan cada año se hace más difícil no encontrarse con una cofradía en la calle que encontrársela.
Es el debate de estos últimos años, el del peligro de convertir lo extraordinario en cotidiano. La paradoja del inicio, que no suene extaño pensar en una extraordinaria en el mes en que antes se pensaba solo en la playa.